Cuando el veneno está en el envase (2)

Pipi Calzaslargas es el típico ejemplo de niñ@ con TDAH. Hiperactiva, desatenta en el colegio y rebelde ante la autoridad.

3BISFENOL A y TDAH

Cuando León Eisenberg mezcló en un batiburrillo distintos “trastornos infantiles” a mediados del siglo pasado y lo llamó TDAH (Trastorno de atención e Hiperactividad), abrió la veda para que las farmacéuticas se enriquecieran drogando a niñ@s, enganchándolos a la dextroanfetamina y otras sustancias adictivas.

No es que el gachó fuera una mala persona, en aquella época EEUU acababa de tomar el relevo de la Alemania nazi (y otros países europeos “civilizados”) en el tratamiento farmacéutico y psiquiátrico de la población: la depresión de las amas de casa se trataba con antidepresivos y la rebeldía de los negros en los ghettos con barbitúricos (o heroína) en dosis equinas.  Todo avalado por estudios fraudulentos de la muy respetable Asociación Americana de Psiquiatría.

Psicólogos, psiquiatras, médicos y hasta maestros fueron convenciendo a los padres y la sociedad que l@s niñ@s distraídos, que corrían y saltaban en demasía o salían respondones, eran enfermos que había que domar con fármacos.

Antes de morir, Eisenberg, en una entrevista bastante confusa, sugirió que se había “inventado” el TDAH, aunuqe al parecer dijo exactamente que “estaba sobrediagnosticado” ($$$). Vale, pero que ese pequeño detalle no nos arruine el negocio.

Ahora, recientes estudios han encontrado cierta correlación entre concentraciones de Bisfenol A y ftalatos en el organismo y los síntomas del TDAH. Mal asunto para las farmacéuticas y para la industria del plástico. A esos estudios sí que les cuesta salir a la luz, no como los otros. De ser concluyentes, no estaríamos hablando ya de un trastorno infantil con base genética, como apuntaba Eisenberg y los psiquiatras, o una misteriosa alteración neurobiológica cuyos síntomas se corrigen suministrando anfetaminas a l@s crí@s, como también defienden algunos, sino de un progresivo envenenamiento de la población infantil (y no solo infantil). Desde el primer chupete. Tóxico, por cierto.

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