Homenaje a Forges

Se nos ha ido Antonio fraguas «forges»

Gracias maestro

Con Forges no solo se nos ha ido uno de los más grandes humoristas que ha dado nuestro país. Se va un hilandero que ha venido tejiendo la historia viva de España de los últimos 60 años y devolviéndonosla viñeta a viñeta, a veces como caricia y otras como colleja, arrancándonos sonrisas a diario a golpe de humor e inteligencia.

“Que se te reconozca a 15 metros”

Un día, Antonio le dijo a su padre; «quiero ser dibujante de chistes en serio». A pesar de no saber dibujar (una limitación sin importancia, reconocida por él mismo y por sus “ceros” en la asignatura de dibujo) su padre le puso una condición: «que se reconozca un dibujo tuyo a 15 metros». Lo que parecía una anécdota influyó poderosamente en su búsqueda de un estilo propio, que perfeccionaría con el tiempo. Esas curvas omnipresentes, esa ausencia de sombras y volúmenes, esa batalla constante contra cualquier atisbo de perspectiva y esos bocadillos de poderosos perfiles redondeados como esquelas déco dotaron a sus viñetas de un estilo inconfundible, forgiano.

Un humorista renacentista…

Forges no fue un simple humorista gráfico. Aunque fuera su faceta más conocida, también trabajó como técnico de imagen en la primera TVE, dirigió películas (País, S.A. y El Bengador gusticiero y su pastelera madre), escribió una novela y dos libros (Doce en Babilonia, La posguerra vista por una particular y su marido y Del guateque al altar), colaboró en programas de radio y televisión, entre otros con Luis del Olmo, Javier Sardá, Gemma Nierga,… participó o colaboró con los más relevantes periódicos y revistas de las últimas décadas. Desde Pueblo en 1964 hasta El País, pasando por el irrepetible Hermano Lobo, Por Favor, Interviú  o El Jueves, entre muchos otros. Una trayectoria y una obra que le llevaron al reconocimiento nacional e internacional, con multitud de premios y homenajes, y a la dirección técnica del Instituto Quevedo del Humor, el primer centro universitario en España para el estudio del humor. Porque tenía mucho que contarnos, su arma era un lápiz muy afilado, pero no fue la única ni mucho menos.

…y cervantino

Estos días se ha recordado que Forges creó un mundo propio. Él mismo dijo una vez que “hay dos tipos de humoristas gráficos: los que crean un universo de personajes y los que no”. No cabe duda de que él pertenecía al primer grupo. Forges no solo creó su estilo gráfico, también creó una serie de personajes arquetípicos que nos han acompañado desde los años del desarrollismo franquista hasta ayer mismo, que han ido evolucionando con la sociedad española, y en los que es imposible no vernos reflejados. ¿Cómo no entrever en sus primeros marianos y conchas a personajes del cine costumbrista como López Vázquez o Florinda Chico, o en sus abuelas de pueblo a la Blasa de José Mota? O los “blasillos” del campo, los náufragos que reproducen en su soledad isleña los defectos más ridículos de la vida urbanita, los borrachos de bar de vocalización ininteligible y pensamientos surrealistas… Pero la aportación de Forges no consistió solo en la creación de esos personajes sino en orquestar un coro de voces, de tragicomedia, desde donde nos muestra (o devuelve, como el símil del espejo) nuestra propia realidad. Al modo de Cervantes, un diálogo coral entre el Quijotes y Sanchos Panza donde, en función del tema o el registro del humor, dialogan ora los blasillos, ora las viejas del pueblo, o los náufragos, o Mariano y Concha. Y cuando se habla con el poder (el cura, el posadero o el barbero del Quijote) aparecen el señor gordo de las gafas oscuras, el funcionario de la ventanilla, el policía… La creación de Forges sería así al humor gráfico lo que el Quijote a las novelas de caballería. Su expresión más cómica, pero también más elevada. Y hacerlo con frases más cortas que un twit y sin saber dibujar es una proeza digna de elogio.

Armado con un lápiz

ForgesAntonio Fraguas fue sobre todo un humorista militante y un militante con humor. «Si no te ríes de ti mismo no puedes reírte de nada». Insobornablemente comprometido con las causas de los más desfavorecidos, de los humillados por el poder. Decía que el humor se compone de dos elementos primordiales: las neuronas y la compasión. El humor consiste en primer lugar en pensar y ser capaz de plasmar ese pensamiento. Y lo hacía de forma tan fluida y natural que llegó a decir que sus viñetas salían en realidad de su lápiz. Y en segundo lugar en compadecer (etimológicamente, “padecer con”, estar al lado del que padece). Se posicionó incansablemente, en persona y como dibujante, contra los recortes que empobrecen al pueblo y al país, contra las guerras, por los derechos y la igualdad de la mujer, por los inmigrantes y los refugiados (no nos olvidemos de Haití), por la protección del medio ambiente, contra la corrupción, contra la explotación capitalista y de forma muy destacada contra la censura y por la libertad de expresión.

Pero siempre desde el humor, a veces amable, a veces amargo, muchas veces surrealista hasta el punto de inventar un nuevo lenguaje allá donde la censura o su propia indignación señalaba una línea roja. Tanto en las formas (gráficas) como en el fondo, no hay una viñeta que no presente conflicto. No hay dibujo que no muestre antagonismo, que no denuncie, que no presente batalla, que afirme su pertenencia a un bando y señale al otro.

Y lo hizo maravillosamente durante décadas sin conseguir que hasta los personajes más horribles dejaran de parecer, a lo sumo, patéticos monigotes. Los representantes del poder, señores orondos con gafas oscuras. Los poderes malignos, representados a menudo como vampiros, más parecidos al Drácula de barrio Sésamo que a Bela Lugosi. Por mucho que añadiera colmillos, cejas hirsutas, colas de demonio o alas de vampiro, podríamos reunir a todos los monstruos de todos sus dibujos y no alcanzarían la negrura de una sola viñeta de El Roto. Y lo hizo sin rebajar ni un ápice su afilada mordacidad. Porque, como también insistía a menudo, el humor gráfico no existe sin el lector, y mientras una viñeta de El Roto es una piedra de realidad contra el escaparate del poder, un dibujo de Forges es un espejo al que nos asomamos y nos vemos nosotros mismos.

Posiblemente, esa depuración de expresión gráfica bebiera, según reconoció alguna vez, de la perspectiva que da el tiempo y la edad, y el conocimiento de nuestra historia. Y por qué no decirlo, esa enorme capacidad de empatía que demostró a lo largo de toda su vida. Sin mermar su clarividencia, dignidad y radicalidad en la lucha por lo que consideraba justo. Con una sonrisa siempre. A los periodistas espetó: “Si no os dejan preguntar en una rueda de prensa ¿a qué vais?”. A todos nosotros recordaba: “Se están haciendo cosas en España que no se atrevía Franco, con una desfachatez nunca vistas”. “La inteligencia y el humor siempre han jodido al poder”. “En nosotros está el poder salir de la crisis”. Forges estaría hoy en las manifestaciones de los pensionistas indignados, pletórico y feliz. Él nos sacaba la sonrisa; la rabia y la furia ya las vamos poniendo nosotros.

Adiós y gracias, maestro.

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