La libertad de expresión, amenazada por tós los laos

Las amenazas y acoso de los fascistas dan ascazo y hay que combatirlos, pero no son los únicos

Franco-tirador de cerveza
Descubierto otro franco-tirador, éste en el bar de la Audiencia Nacional. “La cerveza sale calentorra –confesó un juez de la Audiencia–, un chorrico ridículo y con olor a azufre porque el canutillo es de la sonda auténtica del Caudillo, Dios lo tenga en su Gloria”.

La suspensión del espectáculo de Dani Mateo en el teatro Olympia de Valencia, amenazado por la ultraderecha a raíz de un sketch en El Intermedio, vuelve a colocar en primer plano uno de los problemas más sangrantes de la libertad de expresión.

Los fascistas son una minoría irrelevante hoy, pero no debemos minimizar el peligro de los vientos ultraderechistas que amenazan nuestro futuro cabalgando a lomos de la “crisis-estafa-saqueo”. El Ayuntamiento (un ¡hurra! por él) ha respondido de forma ejemplar ofreciendo el Palau de la Música, y los artistas actuando gratis. Todo ello con el respaldo y el aplauso de la gran mayoría de la gente, aunque a muchos no les gustara el sketch.

Dicho esto, tan preocupante es la constante persecución judicial a artistas, periodistas o tuiteros con acusaciones delirantes que suelen terminar archivadas o revocadas, no sin antes inducir a la autocensura y provocar estragos en la calidad democrática de nuestro país. Baste recordar los casos de los titiriteros, de los tuits sobre Carrero Blanco, o la procesión del Coño Insumiso, entre muchísimos otros. Es demencial que la Audiencia Nacional persiga parodias mientras se desentiende de francotiradores que planean asesinar al presidente del gobierno y hacen la vista gorda ante quienes jalean al potencial asesino desde púlpitos mediáticos.

La tercera amenaza es la que realmente ha empujado a El Intermedio y a Dani Mateo a pedir disculpas: la retirada de publicidad. Quien paga manda. Por eso es esencial la independencia económica. Algo que luchan por conquistar con muchísimo esfuerzo algunos medios, entre ellos este papelucho, bastante infame pero libre. Además, cuanto más animal más le gusta a la gente, así que no nos preocupa.

Por último, no menos importante ni menos amargo, y si no lo digo reviento: que se quiera instaurar como algo socialmente aceptable la persecución judicial al incómodo, al incorrecto o al irreverente, ahogando así los espacios de libertad de todos. Un ejemplo es el de la multa (40.000) a la revista Mongolia, por “atentar al honor” (sic) del matador múltiple y reincidente Ortega Cano. Una inclinación reaccionaria propia de la derecha y a la que parece apuntarse algún sector de la izquierda con sobredosis de corrección política. Como muestra, la otra multa (70.000) por unos versos que al parecer “injurian y erosionan el honor” de la dirigente de Podemos, Irene Montero.

Las personas adultas resolvemos insultos de este tipo con un “y tú más” o “rebota rebota y en tu boca (o tu culo) explota”; y a otra cosa mariposa. Lo único perseguido deberían ser las amenazas reales, las coacciones, las agresiones físicas y las difamaciones claras y notorias. Ni el deseo de que una bomba atómica caiga sobre la Zarzuela (Valtonyc) es una amenaza real, ni tampoco es una injuria machista decir, aunque sea de de forma grosera, que el cargo le viene a Montero más por su relación sentimental con el líder que por tener mejor oratoria que Íñigo Errejón (o que Tania Sánchez, ya puestos). ¿Pero de qué coño/cojones va esto, Irene?

La libertad de expresión se defiende con más libertad, no con menos. Jueces y juicios justos y los justos. Porque al igual que las amenazas fascistas, aquellos 40.000 y estos 70.000 también los acabaremos pagando entre todos con nuestras libertades, Irene y señor@s de Podemos.

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