La manada

Le gorilleNo son manada, son jauría

LP3-Marzo 2017. Hace 50 años Georges Brassens escribió una simpática canción en la que un gorila escapado del zoo violaba a un joven juez, que gritaba y lloraba tanto como el reo a quien había mandado guillotinar esa misma mañana. Dedicada a todos aquellos magistrados que no muestran precisamente comprensión ni empatía hacia las víctimas de violaciones. Con cariño.

LP 6-Noviembre 2017

El juicio a los cinco energúmenos de “la manada” está visto para sentencia. Mucho se ha dicho y mucho se dirá sobre este caso, y esperemos que suponga un antes y un después para acabar con la impunidad de acosadores y violadores, y también sobre la percepción y rechazo social de este tipo de violencia.

Que ya no sea nunca más un atenuante, ni social ni en los tribunales, el que una mujer lleve “la falda muy corta”, tenga “mucho desparpajo” o “se atreva a ir sola de noche por la calle” para, de alguna forma, culpabilizarla. Ni que “no haya forcejeado lo suficiente” o que “no haya apretado bien las piernas”. Ni que intentar llevar una vida “normal” después de una violación sea justificación alguna para sugerir que “no fue para tanto” o como atenuante para los agresores.

Que suponga un antes y un después, como lo fue el asesinato de Miguel Ángel Blanco en la lucha contra ETA o la imagen del pequeño Aylan, ahogado en una playa en Turquía, que conmovió las conciencias sobre el drama de los refugiados.

Aun así, queda una asignatura pendiente que no debemos pasar por alto: la actuación o falta de empatía de algunos jueces y fiscales que a veces no están a la altura. Como rechazar pruebas como los mensajes en whatsapp en que los criminales anuncian sus fechorías (¿se actuaría igual respecto de un atentado terrorista?) y por el contrario aceptar como prueba incriminatoria hacia la víctima que “intente llevar una vida normal”. Eso me recuerda una canción de mi admirado Georges Brassens sobre las tribulaciones y desgracias de un joven juez, canción que por cierto hoy sería probablemente delito en España. Y usted, monsieur le juge ¿apretó bien las piernas?

Le Gorille (Georges Brassens) 1957.

Es a través de grandes rejas
que las mujeres del lugar
contemplaban a un poderoso gorila
sin preocuparse del qué dirán,

Con inmodestia, estas chismosas
miraban incluso hacia .un cierto lugar
que, en rigor, mi madre
e ha prohibido nombrar aquí

¡Cuidado con el gorila!

De repente, la prisión bien cerrada
donde vivía el hermoso animal
quedó abierta, sin que se sepa cómo.
Supongo que debieron cerrarla mal.

El mono, saliendo de su jaula
se dijo. «es hoy que la pierdo».
Hablaba de su virginidad,
lo habréis adivinado, supongo.

¡Cuidado con el gorila!

El jefe de la casa de fieras
gritaba desesperado, «¡maldición!».
Es desconcertante porque el gorila
nunca conoció una hembra

Tan pronto como la mona
se percató que el mono era virgen
en lugar de disfrutar de la oportunidad,
ella se largó por patas

¡Cuidado con el gorila!

Las mismas que, en el pasado,
lo deseaban con ojo avizor,
huyeron, demostrando que tenían
bastantes pocas luces.

Pues infundado era su miedo
porque el gorila es muy apuesto
y superior al hombre en el abrazo,
muchas mujeres te lo dirán.

¡Cuidado con el gorila!

Todo el mundo se apresura
fuera del alcance del mono en celo
excepto una vieja decrépita
y
 un joven juez recién licenciado.

Al ver que todas huyen,
el quadrumano acelera
su carrera hacia los vestidos
de la vieja y del magistrado

¡Cuidado con el gorila!

“Bah!” Suspiraba la centenaria,
que todavía me puedan desear
sería extraordinario y para
decirlo sin rodeos, del todo inesperado.

El juez pensó, impasible:
«Que me tomen por una mona
es completamente imposible».
Lo siguiente le demostró que no.

¡Cuidado con el gorila!

Supongamos que uno de ustedes sea,
el igual que el mono, obligado a
violar a un juez o un vejestorio
¿Cuál escogería entre ambos?

Que a tal alternativa me viera obligado
uno de estos días, me espanta,
y, estoy convencido, la vieja
sería el objeto de mi elección

¡Cuidado con el gorila!

Pero, desafortunadamente, si el gorila
en los juegos de amor vale su precio,
por otro lado, no brilla
ni por gusto ni por espíritu.

Cuando, en lugar de optar por la vieja,
como lo haría cualquiera,
agarró al juez por la oreja
y lo arrastró hacia los matorrales

¡Cuidado con el gorila!

Que lo siguiente fuera delicioso,
lamentablemente no puedo
decir, y es lamentable porque
nos habría hecho reír un poco

Porque el juez, en el momento supremo
gritaba, «mamá» y lloraba mucho,
como el hombre a quien ese mismo día
había ordenado rebanar cuello.

¡Cuidado con el gorila!


 

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